EL PRECIO DEL ÉXITO

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Todo en este mundo tiene un precio, más elevado o más bajo, pero tiene un valor. Lo que nada vale, nada cuesta, pues como dijo un poeta, “no se compran diamantes por pesetas”. Las universidades de todo el mundo están llenas de estudiantes que se esfuerzan y sacrifican por lograr una profesión para más tarde llegar a ser exitosos profesionales. Los deportistas se someten a rigurosos regimenes alimenticios y disciplinarios para poder competir y alcanzar el triunfo de una medalla aunque sea de bronce. El éxito no se encuentra en cualquier esquina por obra de la casualidad. Lo obtienen los esforzados, los que no se dan por vencidos a la primera contrariedad que se les presenta. El secreto del éxito es la perseverancia. Los niños, cuando comienzan su aprendizaje de caminar, se paran, dan uno o dos pasitos, se caen, pero no se quedan caídos. Vuelven a intentar hasta lograr caminar firmes. Es triste ver a un cristiano que en su primera caída se da por vencido y abandona su ideal. Piensa que no vale la pena seguir intentando. Sin embargo, es admirable ver a otro que cae una y otra vez, se levanta y sigue intentando hasta que logra con éxito mantenerse firme. Esta acción de levantarse es digna de elogio, jamás de crítica o condenación. ¿Quieres llegar a tu meta? ¿Anhelas triunfos espirituales? No olvides, el éxito tiene un precio. ¿Estás dispuesto a pagar por él? -Minerva G. Acanda

EL OBEDECER ES MEJOR DQUE EL SACRIFICIO

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Dios ordenó a Saúl a través del profeta Samuel a que matara a todos los amalecitas y a todo su ganado, pero Saúl perdonó al rey de Amalec y a lo mejor de las ovejas. Cuando se le preguntó por qué lo había Vespertina Salmo hecho, él dijo que era para sacrificarlo a 51:16-19 Jehová. Samuel le respondió con unas palabras muy convincentes, que los sacrificios no eran excusa para un acto de rebelión a la orden de Dios. A veces nos interesa mucho cumplir con cada orden del culto, pero descuidamos lo más importante que son las leyes de Dios. Es bueno que entendamos que es más importante guardar los mandamientos de nuestro Señor, que cualquier forma externa de religión. Y es mejor escuchar sus mandatos con un oído atento, que “el sebo de los carneros”, o cualquier otra cosa muy preciosa o de mucho valor que podamos traer a su altar. Si estamos fallando en cumplir el más pequeño de los mandamientos estamos viviendo en desobediencia. Todas las pretensiones de celo al Maestro y todas las acciones de devoción que podamos realizar, no son una excusa para la desobediencia. Obedecer a Dios, aun en las cosas más pequeñas, es mejor que un sacrificio extraordinario. Lo principal que Dios requiere de sus hijos es la obediencia a su Palabra y aunque demos el cuerpo para ser quemado y demos de comer a pobres, si no prestamos atención a los preceptos de Dios, todas esas formalidades no ganarán nada. “Procura con diligencia presentarte a Dios aprobado...” -Liccy Fuentes

NO PIERDAS LA ESPERANZA

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Todos los seres humanos tenemos pruebas, incluso los cristianos, yo diría mas bien, sobre todo los cristianos. ¿Estás pasando por pruebas? Bienvenido al club de la vida, digo esto apoyándome en las palabras de Jesús quien dijo en una ocasión: “Por pruebas y tribulaciones entraremos en el Reino de los Cielos”. Es por eso que las pruebas que llegan a la vida de los hijos de Dios lejos de ser un motivo de pesar sin una evidencia más de la veracidad de los dichos de nuestro Salvador y Dios. Claro, con esto no pretendo ignorar la insatisfacción que se siente con las pruebas sobre todo cuando estas se extienden al punto de motivarnos a creer que nunca pasarán. Él respecto de nosotros tiene pensamientos de bien, de modo que podemos decir confiadamente que el Señor está a nuestro favor y que obtendremos de su mano el obsequio aún cuando no sea lo que esperábamos. Las pruebas siempre pasan, pues para cada una de ellas Dios proporcionará la salida, en su justo tiempo y según su voluntad. Y esta esperanza es la que hace que los hijos de Dios descansemos y aquietemos nuestras vidas. No se puede olvidar que nosotros vemos el presente, pero Dios conoce el futuro y Él sabe lo que mejor para nosotros. Así que podemos estar tranquilos, ya que lo que no entendamos ahora se nos hará más evidente en lo adelante. Como suele decirse: “la esperanza es lo último que se pierde”, y mientras Cristo exista y así será, no hay temor de que se pierda porque Él siempre sustentará nuestra suerte.

¿YA SABES CUÁL ES TU TALENTO?

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Hoy muchas personas dudan respecto a los talentos que han recibido del Señor, cometiendo graves errores y en ocasiones hasta se acomplejan y disgustan, sintiéndose inservibles. Realmente se nos han entregado talentos diferentes a cada uno con los cuales debemos granjear y luego dar cuentas ante el Señor. Acerca de esto, la naturaleza nos enseña, pues entre tantos árboles frutales que existen, todos poseen características individuales como: color, tamaño, frutos, flores, etc. De la misma manera sucede con la música: Una orquesta sinfónica está formada por muchos instrumentos de diferentes tamaños, figura y sonoridad. ¿Por qué debe ser así? Sólo imaginemos que un árbol de mangos diera aguacates, u otro de guayabas diera naranjas, y que en la música un violín sonara como trompeta o un piano como un tambor. Así pasa con muchas personas que desean hacer lo que otros hacen con su talento, dando pues poco valor al que poseen. Esa actitud no agrada a Dios, porque Él sabe lo que da, y si te lo ha dado es porque puedes granjear con él. No te entretengas deseando tener el talento de tu hermano. ¡Detente! Escudriña tu vida y encontrarás el tuyo, y dejando la inconformidad, gozoso aportarás para el Señor lo mejor. -Eliacín Mederos

MI CARNE DIJO ¡NO!

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Cuántas veces quise e intenté subir la cumbre y mi carne dijo ¡no! Cuántas veces me llené de valor para emprender mi jornada por aquel camino difícil y estrecho y mi carne dijo ¡no! Cuánto quise y ambicioné ser antorcha resplandeciente para iluminar los más obscuros senderos para que otros vieran la luz y no a mí. Pero mi carne siempre dijo ¡no! Cuántas veces quise ser estrella y brillar como la estrella de Belén para guiar a los hombres al pesebre y que muchos encontraran al Salvador. Pero mi carne dijo ¡no! Cuánto he ansiado doblegarme, ser dócil arcilla, convertirme en ese barro moldeable en tus manos, Alfarero, para que hicieras de mí la más perfecta vasija. Mi barro siempre se ha rebelado y ha dicho ¡no! Heme aquí, Alfarero, sólo un montón de barro rebelde que es mi carne diciendo siempre ¡no! Pero mi pobre alma, queriendo romper su cárcel de barro, quiere ascender, quiere ser dócil para que Tú la moldees a tu voluntad. Cómo quisiera doblegar esta carne que me lleva cautiva a la ley del pecado. Cómo quisiera que mi alma se hiciera fuerte y cuando mi carne dijera ¡no! ella triunfante dijera ¡sí! “Todo lo puedo en Cristo que me fortalece” -Minerva G. Aranda Cuando tu carne diga ¡no! di con San Pablo: “Todo lo puedo en Cristo que me fortalece”.
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