Paz al Fin

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Como hija proveniente de un hogar estresante y violento, sólo tenía malos recuerdos de esos años. Las vacaciones familiares eran algo que no podía recordar, pero sí volaban a mi mente en cuestión de segundos las miles de palabras y acciones airadas. La tristeza y el rencor dominaban mis emociones – jamás sentí paz. La idea de la paz parecía tan abstracta para mí. ¿Por qué no yo? Tal vez si llenaba mi vida de acciones de paz podría ser feliz. Decidí investigar sobre ella. Otros la han encontrado, pensaba. Me sentaba junto a un arroyo a escuchar las notas de la canción de la tierra. Jardineaba, pintaba cuadros, daba largos paseos en auto y leía libros que me inspiraran. Y, sin embargo, a través de todas esas cosas, aún no podía sentir paz. Por unos momentos lograba sentirme tranquila, pero al enfrentar la vida real, volvía a convertirme en un desastre. Me sentía totalmente infeliz y frustrada, incapaz de poder albergar esos pequeños momentos pacíficos y llevarlos a mi vida cotidiana. Un día, comencé a orar entre lágrimas. Le grité a Dios que no renunciara a mí y que me diera Su paz. Así comenzó mi viaje de quietud con el Señor. Él me llevó a Su Palabra. Los textos de paz fueron mi monte Everest. “Vuelve ahora en amistad con Dios y tendrás paz; y la prosperidad vendrá a ti” (Job 22:21). “La paz os dejo, mi paz os doy; yo no os la doy como el mundo la da. No se turbe vuestro corazón ni tenga miedo” (Juan 14:27). Espera. ¿Qué? ¿No necesito buscar la paz? Jesús la provee. Su Palabra es mi guía. Sólo necesito acudir a Él para encontrar aquello que anhelo, y hacer las paces con mi pasado. Entonces, y sólo entonces descubrí que podía recordar algunos momentos buenos de mi infancia, ¡no sólo los malos! Recordé cuando era niña y miraba por la ventana a los pajaritos nacidos sobre las ramas del inmenso roble, o veía la lluvia rebotar sobre las grandes hojas caídas en el suelo. ¡Esos recuerdos me llenaban de alegría! Dios me ha enseñado que la paz no es un objeto o una idea. Es una experiencia con Él. Es descubrir que durante los momentos más difíciles, no estoy sola. Es a través de Su gracia, de Su amor, de Su perdón y de Su inmensa compasión que yo encuentro la paz. “Y el fruto de justicia se siembra en paz para aquellos que hacen la paz” (Santiago 3:18). Aún busco momentos solitarios de quietud; ellos me llenan de infinito gozo. Pero ahora sé lo que nunca creí posible, que puedo tener paz donde quiera que vaya.
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